
Isaías A. Márquez Díaz
Una de las regiones del planeta de evapotranspiración relevante pasa por una crisis, efecto de El Niño, el calentamiento Atlántico y la expoliación gradual por combustión de su biomasa. Cabría destacar que nuestra Orinoquía (Amazonía venezolana) y Amazonía brasileña se conjugan mediante el brazo o canal del Casiquiare, que juntamente con las aguas del río Negro afluye al río Amazonas hacia el sur de Manaos en Brasil, donde la deforestación cunde por la minería ilegal. Asimismo, la crisis climática ha originado una sequía inusual en el área.
Impactantes, las fotos satelitales de Copernicus Atmosphere Monitoring Service que evidencian la devastación de la selva amazónica, con superficie de unos 6,7 millones de km cuadrados, a causa de las actividades antrópicas para destinar grandes áreas de ese territorio a explotaciones extensivas por una parte; y por otra, como en el caso de la Amazonía ecuatoriana, la extracción de petróleo y las rutas de transporte, sin evaluación de los impactos o desastres medioambientales. Por siglos las etnias de la zona habían vivido naturalmente, en un territorio con algo más de unos 120 mil kms cuadrados de la selva amazónica ecuatoriana (cerca de un 48 por ciento del territorio nacional) y bajo una biodiversidad sin igual. No obstante, el área en cuestión se ha hecho proclive a quedar esquilmada para siempre, por los efectos tan nefastos de la extracción petrolera. Asimismo, en la Amazonía brasileña por la deforestación registrada, según Inpe, se perdieron cerca de unos 11088 km cuadrados de bosques entre 2019-2020 a causa del desbroce por actividades de narcotráfico y otras de carácter socioeconómico (supervivencia).
Paralelamente, la Amazonía colombiana arde por las vastas llanuras al sur del país, pues las quemas que aúpan las mafias terrófagas, grupos armados y terratenientes merman las reservas naturales y resguardos indígenas. Y, al aproximarse al Parque Nacional Sierra de la Macarena se multiplican los huecos negros en la capa boscosa; en efecto, extensiones de lo que antes fuese selva han quedado calcinados; la agricultura y ganadería extensivas, así como la minería ilegal destacan entre las actividades que están depredando este ecosistema tan frágil; en efecto, la deforestación y degradación de los bosques amazónicos constituyen unos dos de los problemas más críticos que enfrentan los países del área.
Atención muy especial debería hacerse al carbono negro, que se deriva de los incendios forestales; contaminante atmosférico permanente, y subyace como amenaza crítica sobremanera, para la salud y el medioambiente de El hollín que genera estos siniestros contiene un material particulado, que podría alcanzar grandes distancias a través de los vientos, cuyas toxinas so conllevan riesgos muy graves para la salud pública en general –Enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), además del entorno natural. Infortunadamente, no existe norma alguna que regule tal emisión.
Según Mongabay en su informe del año 2023, Venezuela ha perdido algo más de un millón de hectáreas de bosque amazónico (Amazonía venezolana) al sur del estado Amazonas, aguas abajo (a unos 220 km) de la piedra del Cocuy.
Aunque se ha demostrado que estamos cerca de que se alcance un punto de no retorno del bioma, y el octeto de gobiernos de los países amazónicos han coincidido en la prevención del avance a dicho punto, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, siglas en inglés) expresa su inquietud por la falta de una meta definida que detenga la deforestación de la región.
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